Opinión : Recomendable.
El prestamista de Edward Lewis Wallant deja intacta las
vestiduras sociales de los personajes que palpitan en sus páginas, para
incursionar en los habitáculos oscuros de la conciencia. Las tragedias
individuales que deambulan precipitadamente por la casa de empeños regentada por
Sol Nazerman, perfilan las coordenadas existenciales de la exclusión. Atracados
sobre el mostrador como barcos desvencijados, muestran las inútiles pertenencias
o los objetos robados para ser ponderados por el taciturno judío o por su
ayudante y aprendiz, el extrovertido hispano Jesús Ortiz. Nos encontramos en la
calle 125, de East Harlem, barrio neoyorquino. La vida que retrata el autor nos
produce cierto desasosiego. Trazas de un tiempo de miseria y desolación,
encarnado en los rostros difuminados de una clientela que es ajena al drama que
vive en silencio el tasador. Comercian el valor de la inutilidad de los
utensilios que portan como si fuesen exvotos, pues el propio prestamista se
considera así mismo un cadáver en pie. En cierta manera son restos del naufragio
de sus vidas, que depositan en aquel lugar donde "todos los relojes zumbaban o
marcaban el tictac de un tiempo anónimo". Es el tiempo sin acontecimientos, sin vida. en resumen una novela con un retrato muy acertado de la vida social del New York de principios de siglo pasado.
El prestamista de Edward Lewis Wallant deja intacta las
vestiduras sociales de los personajes que palpitan en sus páginas, para
incursionar en los habitáculos oscuros de la conciencia. Las tragedias
individuales que deambulan precipitadamente por la casa de empeños regentada por
Sol Nazerman, perfilan las coordenadas existenciales de la exclusión. Atracados
sobre el mostrador como barcos desvencijados, muestran las inútiles pertenencias
o los objetos robados para ser ponderados por el taciturno judío o por su
ayudante y aprendiz, el extrovertido hispano Jesús Ortiz. Nos encontramos en la
calle 125, de East Harlem, barrio neoyorquino. La vida que retrata el autor nos
produce cierto desasosiego. Trazas de un tiempo de miseria y desolación,
encarnado en los rostros difuminados de una clientela que es ajena al drama que
vive en silencio el tasador. Comercian el valor de la inutilidad de los
utensilios que portan como si fuesen exvotos, pues el propio prestamista se
considera así mismo un cadáver en pie. En cierta manera son restos del naufragio
de sus vidas, que depositan en aquel lugar donde "todos los relojes zumbaban o
marcaban el tictac de un tiempo anónimo". Es el tiempo sin acontecimientos, sin vida. en resumen una novela con un retrato muy acertado de la vida social del New York de principios de siglo pasado.
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